Hoy, por querer ahorrar unas monedas, decidí volver del trabajo (Centro de Lima) a mi casa (Surco) con una couster que transita por la avenida Grau. ¡Maldita la hora en que decidí eso! ¡Qué tortura decibélica fue el pasar por esa vía expresa! Fue un largo y bullicioso pasacalle de autos multicolores en comparsa bajo el sol infernal de mi querida y a veces repudiada Lima. Pero lo que me dejó más que aturdido (a pesar de que he viajado con cierta frecuencia por allí) fueron las variedades de bocinas que uno puede escuchar. Desde las que emiten la melodía de la cucaracha hasta las que emulan un silbido de varón cuando pasa alguna chica que está más buena que comer pollo a la brasa con la mano. Lo peor es que estos ruidos son más estentóreos cuando se efectúan debajo de los puentes (de los muchos que hay en esa avenida). ¿Es que acaso el educado conductor no sabe que debajo de estos el sonido se incrementa produciendo un eco espantoso? ¿Él cree, en su sano juicio, que los bocinazos atraerán, como el fango a los cerdos, a las personas de los paraderos? Si yo que me encontraba dentro del vehículo oía fuertemente el claxon, no me imagino lo que percibieron los que estaban debajo del puente. Y es que realmente es desesperante cómo los choferes, sin ningún remordimiento, tocan como desaforados las bocinas al llegar a los paraderos. ¡Y nadie puede decirles nada porque es difícil, casi imposible, comunicarse con uno de ellos! ¿Acaso nunca un funcionario del Ministerio del Ambiente ha pasado por allí y ha oído la estridencia de los autos? ¡Esto es una clara muestra de contaminación auditiva! Entonces, ¿por qué no existen cartelitos de “¡cállate, que me revientas el oído cuando tocas tu bocinita debajo del puente!”? O simplemente: “Silencio, por favor”. No sé cuándo se pronunciará el Ministerio del Ambiente, de repente será días antes de que se produzcan las elecciones de abril para ganar algunos votitos a favor del partido que lleva las riendas (cual caballo) del país. Sólo espero una disposición legislativa, ya sea del sector educación (para que no se forjen en las aulas más conductores escandalosos y sepan de educación vial) o del sector salud (y tengan consideración de los que queremos vivir con los oídos sanos hasta la senectud). Sólo anhelo eso, ¡y que llegue en algún día de mi vida!, pero por lo pronto, deseo que al subir nuevamente a la couster que me llevará a mi destino, exista un asiento vacío para tranquilamente esperar sentado.sábado, 15 de enero de 2011
Estruendo bajo el puente
Hoy, por querer ahorrar unas monedas, decidí volver del trabajo (Centro de Lima) a mi casa (Surco) con una couster que transita por la avenida Grau. ¡Maldita la hora en que decidí eso! ¡Qué tortura decibélica fue el pasar por esa vía expresa! Fue un largo y bullicioso pasacalle de autos multicolores en comparsa bajo el sol infernal de mi querida y a veces repudiada Lima. Pero lo que me dejó más que aturdido (a pesar de que he viajado con cierta frecuencia por allí) fueron las variedades de bocinas que uno puede escuchar. Desde las que emiten la melodía de la cucaracha hasta las que emulan un silbido de varón cuando pasa alguna chica que está más buena que comer pollo a la brasa con la mano. Lo peor es que estos ruidos son más estentóreos cuando se efectúan debajo de los puentes (de los muchos que hay en esa avenida). ¿Es que acaso el educado conductor no sabe que debajo de estos el sonido se incrementa produciendo un eco espantoso? ¿Él cree, en su sano juicio, que los bocinazos atraerán, como el fango a los cerdos, a las personas de los paraderos? Si yo que me encontraba dentro del vehículo oía fuertemente el claxon, no me imagino lo que percibieron los que estaban debajo del puente. Y es que realmente es desesperante cómo los choferes, sin ningún remordimiento, tocan como desaforados las bocinas al llegar a los paraderos. ¡Y nadie puede decirles nada porque es difícil, casi imposible, comunicarse con uno de ellos! ¿Acaso nunca un funcionario del Ministerio del Ambiente ha pasado por allí y ha oído la estridencia de los autos? ¡Esto es una clara muestra de contaminación auditiva! Entonces, ¿por qué no existen cartelitos de “¡cállate, que me revientas el oído cuando tocas tu bocinita debajo del puente!”? O simplemente: “Silencio, por favor”. No sé cuándo se pronunciará el Ministerio del Ambiente, de repente será días antes de que se produzcan las elecciones de abril para ganar algunos votitos a favor del partido que lleva las riendas (cual caballo) del país. Sólo espero una disposición legislativa, ya sea del sector educación (para que no se forjen en las aulas más conductores escandalosos y sepan de educación vial) o del sector salud (y tengan consideración de los que queremos vivir con los oídos sanos hasta la senectud). Sólo anhelo eso, ¡y que llegue en algún día de mi vida!, pero por lo pronto, deseo que al subir nuevamente a la couster que me llevará a mi destino, exista un asiento vacío para tranquilamente esperar sentado.
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