lunes, 17 de octubre de 2011

Perdido en Surco - Parte 1

Recuerdo los días de mi primer periodo de vacaciones, el cual gocé después de haber trabajado por dos años ininterrumpidos: en aquellas fechas de asueto, me sentía como un extraviado, un foráneo, un paria del mundo… un neonato.

Tengo fresco el recuerdo cuando, en la mañana de mi día inicial de descanso, me levanté a la misma hora de siempre y bajé raudo y todavía legañoso al primer piso de mi hogar. Pasé por el comedor y saludé a mi mamá quien estaba sentada leyendo el periódico. Fui al baño y me refregué la cara maldiciendo el chupo rojo que había emergido en una de mis mejillas. Salí de allí y caminé por uno de los pasadizos para dirigirme hacia la mesa. Deposité mi humanidad en la misma silla de todos los días y observé que mi madre, quien tan gentilmente me sirve a diario el desayuno, me sonreía de forma pícara. Noté que mi pan con jamonada ni mi café con leche estaban frente a mis ojos aún adormilados. Ella no soportó más y empezó a reír sin que yo pudiera comprender por qué. Después de unos segundos, me lanzó una mordaz pregunta: “¿Tienes que ir a trabajar hoy?” Me disponía a responder un “¡sí!” mecánico cuando de pronto vino a mi mente, como refuljo de rayo, la carta expedida en mi trabajo que concede al señor José Landeo un periodo de 15 días de descanso remunerado por motivo de vacaciones conforme a ley. Quedé estático y saboreando el bochornoso momento mientras una avecilla trinaba en mi jardín y mi madre encendía el televisor. “Anda a dormir, hijo”, recomendó ella sonriéndome con ternura.

Aquel día, mi cama me aguantó cinco horas más de lo normal. Al levantarme, observé que el mediodía se veía diferente por la ventana de mi casa. Anonadado, bajé lentamente hacia el primer piso y, mientras lo hacía, examinaba cada peldaño de la escalera. Quería saber si era diferente a las doce que a las nueve de la noche -hora a la que siempre volvía-. Llegué a la cocina y mi madre estaba cortando las presas para colocarlas en el almuerzo. “¡Buenos días!”, ironizó al verme. “Hola, ma’…”, fue lo único que balbuceé. La puerta de aquella estancia se encontraba abierta y el resplandor del sol llamó mi atención. Salí en pijama a ver el cielo, ese que en mi oficina no presenciaba. Vi también mi jardín y estaba más claro y verde. ¡No pensé que fuera así! Es que nunca me di cuenta de él porque llegaba muy tarde. ¡Ni siquiera lo veía en las mañanas porque salía demasiado rápido a mi trabajo! ¡Tengo un hermoso vergel! Regresé a la cocina sin dejar de analizar cada centímetro de los espacios que recorría. Me dirigí hacia el sofá y encendí el televisor. Pasaba los canales asombrado con todos los programas que nunca había visto. Luego de un par de horas, mi madre me dijo que ya era hora de comer. Entonces, fui a buscar el táper que llevo usualmente al trabajo para calentarlo en el horno microondas, pero no lo hallé. Me sentí preocupado porque pensé que lo había olvidado en el asiento del Metropolitano. Mi madre miraba mi consternación y sonreía. “Hijo, ¿qué tienes?”, me dijo bromeando. Hurgaba en la repisa y no hallaba mi comida en su respectivo pote. “José, ¡en plato!, ¡en losa!”, expresaba risueña. Después de unos momentos reaccioné y reconocí que estaba pasando por otro momento vergonzoso. Empezó a servir un riquísimo puré de papas con arroz y una pechuga de pollo. Además de ello, una refrescante limonada y una variopinta ensalada acompañarían mi almuerzo, ese que mi madre ya había hecho tan inolvidable.

Minutos después de las tres, luego de haber disfrutado del bufet personal, vi por mi ventana un vehículo de características muy curiosas. Salté del asiento y salí a la calle a observarlo más de cerca. Era un gran barco amarillo con rayas negras a los lados, con un cartel rojo intenso en cual estaba escrito STOP; dentro del trasatlántico, un chofer sin cuello y varios niños desdibujados y aburridos por el calor que sofocaba su existencia. Muy al contrario del pesar de los alumnos, yo me encontraba deslumbrado por el acontecimiento contemplado. Al instante salió mi madre y le hablé extasiado:

- ¡Hace años que no veo una movilidad escolar! ¿Siempre pasan a estas horas?

- Pues… sí. –contestó ella sin ningún asombro.

- ¡¿Y qué hacen después?! ¡¿Qué sucede con el autobús?! –pregunté aún emocionado.

- ¿Después? Mmm… pues, se van a su casa. ¿Con el autobús? Mmm, supongo que seguirá repartiendo niños.

- ¡Qué interesante! ¿Y todo esto ha sucedido siempre?

- Mmm, pues, sí. Bueno, excepto los sábados y domingos.

- ¡Oh! ¡Vaya! –exclamé

En medio de mi embeleso, fui hacia el centro de la pista para observar cómo el gran buque amarillo se perdía en la esquina. Fue un momento fascinante.

Volví donde estaba mi mamá y le pregunté:

- ¿Qué otros eventos suceden en las mañanas y tardes cuando yo no estoy? ¿Cómo se comporta la gente? ¿Qué ocurre en esta zona de Surco?

Ella respondió con total calma:

- Pues, lo de siempre, hijo: en las mañanas, transita el panadero tocando la corneta; salen los vecinos de sus casas -así como tú-, está el doctor, el abogado, el diseñador, el empresario en su 4x4, el vago sin trabajo; a veces, pasa el afilador de cuchillos tocando un instrumento muy gracioso; en la tarde, viene la movilidad escolar; vuelven algunos padres de familia desde su trabajo -cansados por el sistema en el que nacieron-; pasan los buses, sigue la contaminación; de vez en cuando hay un accidente, muere la abuela o el joven incauto, y el chofer borracho, que “los frenos vaciados, la luz no estaba roja o el semáforo malogrado”; ¡en fin!, todo igual como siempre.

Ella terminó de explicarme y yo quedé con la sonrisa estampada en la cara. Me embelesó saber que todo eso ocurría mientras yo no estaba en aquel lugar. Sentí el resplandor del sol y pensé que aún había tiempo para saber más de lo que sucede normalmente a cada tarde. Entonces, dije a mi mamá que me vestiría y saldría a la calle para descubrir, con mis propios sentidos, los hechos que con frecuencia acontecen a esas horas en Surco.

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