jueves, 9 de junio de 2011

Racimo de patologías - Parte 1

Fue en el Instituto, cuando un fortísimo dolor en la cabeza, casi logra que me desmaye. Mis amigos me sostuvieron y me exhortaron a que descanse. ¿Tan intensa era esa punzada en la zona periorbital que por poco me precipita al suelo? Aquel junio del 2008 conocí una más de mis patologías que hasta hoy me acompaña en cada solsticio de mi vida.

La molestia dejó de ser un simple dolor de cabeza. El Panadol no sirvió de mucho cuando observé que tres de estos al día no surtían efecto. En otro momento, un farmacéutico me recomendó Tonopán. Pensé que con ello sería el fin de mi malestar, pero el llegar a tomar dos ejemplares en una sola mañana, me reveló todo lo contrario y, peor aún, cuando otro boticario abrió sorprendido los ojos como faroles después de haberle comentado que ya tenía un par a mi cuenta. “Es grave”, dijo.

En julio fue la primera vez que visité el Hospital Loayza. Al llegar, pensé que me encontraba en un manicomio y mi cavilación estaba por confirmarse al ver el aspecto del neurólogo que me atendió; sin embargo, esta idea se desvaneció cuando escribió los nombres de los medicamentos y los exámenes a los que me debía someter, pues vi su “legibilísima” letra y constaté que no era una desquiciado: realmente era un doctor.

Ansiolíticos, electroencefalograma, tomografía: fueron los nuevos términos que adopté desde ese momento. De los primeros, recuerdo que los ingería en las mañanas y en las noches: sí que me hacían dormir (mi profesora y su hora de Gramática lo pueden constatar). Del segundo, me queda un chupón pegado en la frente (no, es mentira), rememoro que si sobaba frenéticamente mi mollera, obtenía en mis manos, cual héroe animado, una ligera carga eléctrica (esto sí es verdad) con la que hubiera deseado fulminar a muchos comechados políticos. Y, sobre la tercera, traigo a mi mente que tuve que beber un líquido de color sobrenatural antes de realizar el examen (pregunten a un médico y sabrán que no miento), me acostaron en una camilla, me introdujeron en una cámara y supe que varios doctores se empecinaban en ver por una pantalla mi adolorida cabeza. Me sentía un X-men, un intraterrestre, una convergencia de experimentos que me conllevarían a catalogarme como una extraña creación, pero volví a mi realidad, cuando después de un mes el mismo neurólogo, con toda la simpleza del mundo (difícil de creer en él al observar en su cabellera una apología a Einsten) me dijo: “Hijo, no tienes nada; descansa nomás”.

Realmente me parecía raro que después de observar, con supuesto ojo clínico, mi cerebro plasmado en varias radiografías, el galeno me dijera que mi cabeza era un Edén. A pesar de ello, sin saber qué preguntar, me retiré insatisfecho a mi morada.

Han pasado tres años y hasta hace un mes me preguntaba por qué este “simple dolor de cabeza” se repetía religiosamente todos los mediados de junio y los finales de diciembre. ¿Qué era lo que en realidad padecía? Ya tengo a mi favor dos malestares que viven conmigo: mi incondicional bronquitis y la nada agobiante asma. Pero esta, ¿qué era? ¿Qué atormentaba mi existencia, trastocaba mi sosiego, deslucía mi paciencia, se iba y volvía, a su tiempo antojadizo, como dueño de mi cuerpo y se paseaba en mi cabeza como Pedro por su casa; hacía y deshacía, tenía las llaves de mi reino encefálico: todo lo que ate en mis venas será manifestado en mis gestos, y todo lo que desate en mis lagrimales será secado por el pañuelo; obstruía la sinapsis, consternaba mi firmeza, sustraía el oxígeno, perforaba mi azotea? No lo sabía.

Sin embargo, recién en este 2011 pude finalmente descubrir lo que tengo.

(…)

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